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Una antología poética que rinde homenaje a la vida y obra de Zabaleta

Miguel Ángel Rodríguez. / J. A. G-M

Miguel Ángel Rodríguez publica ‘Zabaleta y la Poesía’, donde caben autores como Vicente Aleixandre, Luis Rosales o Gloria Fuertes, entre otros

Miguel Ángel Rodríguez, presidente de la Asociación Cultural Amigos de Rafael Zabaleta (Acarz), acaba de publicar el libro ‘Zabaleta y la Poesía’ que recoge versos y textos líricos dedicados al pintor de Quesada, en el que caben autores como Vicente Aleixandre, Gabriel Celaya, Gerardo Diego, Luis Rosales, Gloria Fuertes o José García Nieto, entre otros. La obra será presentada en las próximas semanas. En Jaén y en la ciudad de la sierra.

El libro parte de otra antología poética, también titulada ‘Zabaleta y la Poesía’, editada por Manuel Urbano en 1980, veinte años después de la muerte del pintor. Lo que hacen ahora Miguel Ángel Rodríguez y Acarz es reeditar la mencionada antología y asumir la ampliación de la misma con objeto de rendir homenaje al pintor de la tierra, hijo predilecto del pueblo de Quesada.

Esta antología ampliada recrea un mapa poético lo más completo posible presentar al personaje y su obra desde otra dimensión: «Un tercio de los poemas y textos reproducidos parten de los manuscritos de sus creadores, el resto de los escritos impresos en las primeras ediciones. En cinco excepcionales casos, hemos podido contactar con los poetas que aún viven. La antología trata de profundizar en el sustrato lírico del Zabaleta más íntimo, y en la esencia que fluye de su obra, porque poesía es el alma de su pintura», expresa el autor del libro, Miguel Ángel Rodríguez.

Poesía de la obra

Con una fotografía de portada que Francisco Santamatilde le hizo a Zabaleta en Santander (1959), los primeros versos de la obra perfilan un poema escrito por el propio Rafael Zabaleta: «Ya no respiro, mujer, tu mismo aire / ni mi madre tierra contempla la gracia / de tu menudo cuerpo de gacela. / Pero ya para siempre perdurará tu risa / en voz de los arroyos / y el murmullo del viento entre los chopos / me traerá tu mensaje / a través de caminos llenos de sentido / por circular en ellos, / la sangre de tu ausencia».

A partir de ahí, poemas de Manuel Andújar, Leopoldo Panero, Luis Felipe Vivanco, Antonio Navarrete, Bienvenido Bayona, Rafael Laínez, Cesáreo Rodríguez-Aguilera, Mercè de Prat, Molina Damiani, Guillermo Sena, Mario López, Joaquín Márquez o José Rus, en una densa galería de autores de prestigio. La estrofa de uno de ellos, ‘Oda a Rafael Zabaleta’, que lleva la firma de Diego Navarro, canta: «Por tierra y sol jaeneros, Rafael, te recuerdo, / por estos campos altos de luces de Quesada, / donde un momento basta para ahuyentar las sombras / o pintar de amarillo los soles de tu idea».

Miguel Ángel Rodríguez manifiesta que Zabaleta mantuvo con los poetas de la generación del 27 y del 35 una fructífera relación de apego y amistad, que fue correspondida con una especial atención hacia su obra y evolución artística: «El vitalismo telúrico que fluye de sus lienzos inspiró y arrancó bellos poemas de sus coetáneos y no menos de aquellos otros que le siguieron».

Prosa y textos poéticos

A lo largo de sus 291 páginas, ilustradas con sus dibujos, grabados y pinturas, se ofrece una amplio despliegue de las colaboraciones del artista en ‘La Estafeta’, ‘Lagarto’, ‘Al Verde Olivo’, ‘Úbeda’, ‘Aljaba’, ‘La Calandria’ y otras revistas literarias. Aparecen también sugerentes textos en prosa que resultan impagables para entender su trayectoria artística. En esta dirección destaca el trabajo de Manuel Urbano: «La pintura de Rafael Zabaleta reduce los paisajes y los hombres, los sueños y el deseo, a volúmenes esenciales de frontal energía y andaluzas soledades – por ello es lírica, nunca trágica – en las que aletea la pureza y el ardor…»).

Otros textos profundizan en la forma de ser y en el compromiso con la vida del pintor que mejor retrató al campesino andaluz. Sobresale, entre ellos, el del premio Nobel de Literatura 1989 Camilo José Cela: «Era un hombre pequeñito, tímido, de ojos atónitos. Vestía siempre trajes de paño grueso y gastaba chaleco y reloj de bolsillo con leontina. Zabaleta miraba siempre a hurtadillas para las piernas de las señoritas (que por entonces enseñaban poco las piernas) y, cuando descubría alguna zona habitualmente vedada, sonreía con una gratitud infinita. Zabaleta fue un solitario permanentemente poblado de sueños, asistido por sus propios sueños, los sueños de Quesada. De Zabaleta pudiera decirse que fue un solitario que jamás se sintió solo ni a solas consigo mismo: sus criaturas le daban compañía y escolta y evitaron siempre su orfandad y la secuela de desesperación que la orfandad comporta».

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