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Arte que se modela a mano en una ciudad patrimonial

Artesanía y Úbeda van de la mano desde tiempos inmemoriales. Generaciones de alfareros, herreros, canteros, joyeros y maestros de otras tantas disciplinas han dejado su impronta en este rincón de la comarca de La Loma jienense, conformando la Úbeda que hoy conocemos y que hace gala de su título de Ciudad Patrimonio de la Humanidad.

Úbeda ha sido históricamente el principal núcleo de producción cerámica y alfarera de la provincia de Jaén. En la actualidad siguen en funcionamiento siete talleres, entre ellos el de Pablo Tito que en 2007 fue declarado museo oficial por la Junta de Andalucía: Museo de Alfarería Paco Tito. Él es su padre. El nombre de esta conocida saga viene por parte del abuelo Tito. «Yo crecí entre pegotes de barro», señala Pablo, que aprendió el oficio jugando. Con tres años ya hacía platillos y coberteras.

Las piezas que salen de su alfar son fieles a la tradición ubetense. Se moldean en el torno una a una, se dejan un rato al sol para que endurezcan y se raen para afinar el barro y quitarle grosor. Se dejan endurecer más tiempo y a continuación se les da el baño de color. «El color que identifica la alfarería de Úbeda es el verde, que lo elaboramos también nosotros con una tierra que traemos del Viso del Marqués a la que añadimos óxido de cobre» explica. Tras aplicar ese engobe se procede a la decoración de la pieza, bien rayando con un punzón o recortando con una navaja y haciendo pequeños calados tipo arabesco, que dan lugar a una celosía que también es muy típica de la alfarería ubetense. Una vez decorada y seca la pieza se le da un baño de esmalte.

Horno árabe

Cuando tienen piezas suficientes para llenar el horno árabe, uno de los pocos que se conservan en España y que aún hoy funcionan, las meten con cuidado teniendo en cuenta aspectos como el movimiento, la dilatación y la contracción durante la cochura. Y es que en las 26 o 27 horas que dura este proceso, el horno pasa de temperatura ambiente a 1.000 grados.

Primero se enciende una lumbre de leña y cuando el horno se templa se va echando orujo poco a poco —entre 3.500 y 4.000 kilos en total— hasta que alcanza los 1.000 grados. El horno tiene en la parte superior ocho agujeros más la bravera por los que Pablo controla la temperatura, los cuales se van cerrando conforme se cuecen.

En ese punto solo queda descubierta la bravera y por ahí se supervisan las últimas horas de cochura. Cuando por fin se ha cocido el horno al completo, se cierra la puerta por la que se ha estado alimentando. «Nos untamos la mano de barro y le hacemos una cruz y le rezamos una oración: ‘Alabado sea el santísimo sacramento del altar, que el señor te quite lo que te sobre y te ponga lo que te falte. En el nombre del padre, del hijo y del espíritu santo, amén’», detalla Pablo Tito. Por último, se deja enfriar el horno durante dos o tres días. ¿Cuándo se puede abrir? Cuando al lanzar un papel por la bravera se vea que no arde.

Alcuzas para el aceite, lebrillos, pucheros, cántaros, botijas, tinajas, bustos y los ‘Quijotes’ de Paco Tito andan por medio mundo, al igual que las vajillas de Alfonso Góngora, que se encuentran en restaurantes de Catar, Londres, Miami o San Francisco.

Alfonso es la sexta generación de alfareros en su familia. Creció también en el taller de su padre. Le gusta jugar con el fuego y experimentar, por eso estudió un grado superior de cerámica artística y luego, Arqueología. Su inmensa curiosidad le ha llevado a incorporar nuevas técnicas, temperaturas y diseños. «Yo hago las cosas raras, modernas», cuenta.

Trabaja sobre todo con gres y porcelana, materiales que cuecen a temperaturas superiores a las del barro rojo. De ahí que sea un experto tanto en la alta como en la baja temperatura: en algunos casos hace dos cocciones.

Con la técnica de la cristalización de cinc, la que más emplea, consigue crear macrocristales en el esmalte que producen unos efectos muy llamativos. También se atreve con el ‘pit firing’ y el rakú para crear piezas artísticas únicas moldeadas por el fuego. Alfonso Góngora es un claro ejemplo de cómo la innovación contribuye a mantener viva una artesanía con siglos de historia.

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